¨EL DÍA DE LA MUERTE DE BÁRBARA ISABEL¨

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Por Naara Simpson Oliveros.

Su terapeuta le dijo que el amor no conoce de límites, es un sentimiento que se puede volver incontrolable en el ser humano, con una profunda carga de emociones. Ella no visualizaba el caos de aquellas verdades, bien podría construir una a una las heridas de cualquiera que viniera a demolerla, las heridas de un asesino quien a su vez la hiriese primero. Ella moriría zurciendo heridas, el asesino se salvaría.

No sería fácil olvidar el pequeño e insignificante detalle de no decirle que la amaba justo ese día. Pasaron tres meses, y sobre su cabeza giraba el sol infernal, que persistía a pesar del otoño; sus enredaderas mentales y las pesadas lágrimas que desconstruían su visión a pedazos; y también el casi nada penetrante olor de su cuerpo tendido sobre la caja cobriza que la poseería para siempre, o hasta nunca; las flores blancas con destellos dorados y el olor del agua estancada de los floreros que pasarían desapercibidas ante su propia angustia. Fue un velorio solemne.

Sí, sería fácil olvidar dar de comer al gato y seguir con la rutina; pero aquella mirada, su última mirada de loca, mientras se ahogaba con su propia sangre, con su cabeza apoyada en sus brazos temblorosos, esperando la ambulancia que no llegaría pronto, y ya sólo para no encontrar signos vitales que propiciaran un tratamiento oportuno, no, no la olvidaría. No, eso definitivamente le quedaba claro que si fuera fácil de derrumbar de la memoria lo haría sin necesidad de martillazos.

La noche era larga y sin amor, con los mismos desatinados reproches que no lograban sacarlo del desacierto de su obstinada e incomprensible situación de letargo ante la vida. No podía hacer nada por él, a pesar de sus argumentos y buenas acciones, Gabriel hubiera sido eternamente el mismo imbécil de siempre; hubiera equivocado todos los aciertos, incluso habría hallado la manera de evadir sus llamadas de alerta de irse, con la siempre presente e irrealista idea de reerigir el amorío lujurioso con aquella mujerzuela que había conocido hace un par de años, cuando entró en el portal del mercado de pulgas a comprar un escritorio como regalo especial para Bárbara Isabel.

Todo habría seguido igual con ellos, como hasta esa noche, en obra negra, sin terminar jamás; hubiera comprado, sin hacerle caso de nuevo, los zapatos, que a ella le parecían horribles, de piel de cocodrilo color camel, caros aparte; habría peleado, nada desganado, la pelea de siempre, marcando sus errores de mujer violenta y amargada, de niña cursi e insegura, que no entendía que no se encierra al gato, sin saber por su propio entendimiento (si al caso lo tuviese) que el gato tenía jaula grande, comida y caja, y no había razón para querer escapar, puras estupideces; todo habría seguido igual: los calcetines debajo de la cama, su frialdad perpetua y su cara larga, su paleta de ironías, sus infidelidades infinitas, su parsimonioso perdón pospuesto, perdón a nada,

por cierto (más estupideces); su barba de tres pelos, sus infinitas ganas de dejarla ir cerrándole la puerta, sólo conveniencias.

Era de mañana, la torta del desayuno, de chorizo con frijoles, hacía despedir un fuerte olor que invadía al automóvil, y no dejaba de pensar en comerla ya ( o en la posibilidad de no hacerlo), junto con la manzana picada con chile y limón, y un jugo del Valle, sabor mango (era su preferido); esos olores y humedades despedía la lonchera que ella le había regalado en San Valentín, y que no podía dejar de mirar a cada rato, la resguardaba pensando en las muchas veces en que, por rabia, la alejaba del asiento y se la quedaba, para torturarlo de hambre.

Mirror en la radio, de Justin Timberlake (la canción de moda) y mil cosas más fraguando en su mente, y Bárbara a su lado buscando el rímel desesperadamente, sin sentido (puesto que en movimiento le resultaba absurdo ocuparlo), dentro de la cosmetiquera a lunares morados; las zapatillas de piso plateadas no dejaban de mover sus delgados pies, y los lentes de pasta se recargaban sobre su pálido rostro caucásico hasta el momento en que quedaran desbaratados en cuestión de segundos, enredados entre sus largos cabellos oscuros teñidos de rojo.

Peleaban como agua corriente en el río, como quien pelea siempre en cualquier parte del continente, en cualquier provincia, en cualquier ciudad, de cualquier calle sin baches ( o con muchos) de cualquier centro histórico, cuando se va en auto rumbo al trabajo, donde no se espera nunca el tráfico fluido o que escaseen los semáforos rojos; una riña común, vasta en adornos soeces como quien lleva con su pareja miles de años viviendo (y soportándose), con acotación específica, cinco “amables” años juntos; desdeñando lo cotidiano del amor para dar lógica a lo absurdo, y organizando con escrutinio la bienvenida a la separación.

-No, no irás a la despedida de soltero de Fabián, irán pirujas, eso es seguro, ¡cómo crees! ¿Cómo no puedes darte cuenta del peligro de celos que eso me encierra, y del peligro a liberarte de mí?

-Iré, no le veo nada de ni de bueno ni de malo, todos algún día se casan, tienen despedidas, yo algún día tendré una, así que queda agendado y punto. Todos irán, y si me lo preguntas bien, estoy harto de tu chantaje emocional barato. Eres una celosa psicópata que me presiona, y si no te quisiera tanto, no sé qué haría. Me-tienes-can-sa-do, tanto como tu madre cansa a tu pobre padre. Vaya, tanto que hasta te dejaría llevarte mi torta con tal de no oírte más.

-No irán todos. Tú-no-irás. Y no, no te lo pregunté. Pero si quieres saber, yo no soy una loca psicópata, dice mi terapeuta que tú eres el que me hace ser una celosa empedernida, ¡me creas mil inseguridades!- enloquece en ademanes, se zafa el cinturón, se zafa todo, la vida misma- Sabe Dios si apenas puedo conmigo, como para lidiar con las culpas que echas en mí. Qué tal que por casualidad va la puta del portal. Y no digas de mis papás, que si hablamos del idiota de tu padre, sales perdiendo, ¡pobre madre tuya!, mira que hacerse la vida de cuadros con ese hombre le ha ganado el cielo, con razones de sobra y en pase VIP.

-No, no quería saber- murmulla evidentemente frustrado. -Estamos a mano. Yo-no-te-pregunté, y no irás, punto.

Involuntariamente, o voluntariosamente, ese día la dejó escapar de la ruta de su vida, con la mayor carga de injusticia y nula capacidad del perdón. Ese día no debería morir, ella debía hacerle pagar los tantos errores que la condenaron por años a la infelicidad; él no había de decirle, para variar, que la amaría por siempre; debía no llegar para dar la consulta de las nueve; ese día ella no debería morir. Pese a eso, minutos después, luego de que la ambulancia no alcanzó a subirla en la camilla tras soltar de los brazos al imposible amor de su vida y compañero infiel, en las malas y en las peores, Bárbara Isabel murió.

Esa justo era la culpa solidificada de a poco por años, la que Gabriel no sintió alguna vez en ninguna vida. Ese era el instante, la culpa que ella quería hacerle sentir cuando pensaba que así maduraría, y que llegó, sin que ella pudiera evitarle, como muchas veces, hasta de manera ilógica, el sufrimiento.

La lonchera volando por los aires, la bolsa de aire torturando su pecho; ese minúsculo momento en que se atrevió a pensar en su torta, en lugar de preferir mirar al camión de volteo, cargado de block, que se impactaba de frente cuando perdió el control total de los frenos; ella, inevitable, volcando su cuerpo salido del asiento, falto de cinturón, falto de angustia, sobrado de espanto, pálido sobre el pálido de su rostro, despegadas las llantas del pavimento girando sin rumbo, mil cosas a la vez.

Giros mortales triturando los cristales del auto, un cruzar de las manos que ya hace tiempo no tomaban, gritos fatales cargados de miedo, misterios resueltos por un instante en la mente de quien pronto dejaría las inseguridades y la dependencia detrás, culpas ahogadas en el grueso hilo caliente de la sangre fluyendo a borbotones sobre su sien, sobre su rostro, sobre su ojo ya partido en dos por los espejuelos; cristales incrustados en sus labios, rotos en pedazos; apocalipsis en corceles negros derramando crueles finales. La escena burda cuando la arrastra hacia él para sacarla del auto, la tortura infinita del tiempo lento. La gente a su alrededor, la sirena que no suena, que sonó tarde.

Algo perdió ella esa mañana, y no sólo la vida en su garganta atragantada de sangre, algo de esa felicidad cuando hacían el amor y cuando hablaban de una familia, algo perdió más que sus sueños y el zurcir eterno de heridas. Algo perdería él, que no podía dejar de pensarla meses después; y recordaba entre pesadillas el día de cuando ella no debía morir, porque en la lonchera, junto con la tortura de hambre que no pensaba llevarse, la esperaba un anillo de oro blanco, con tremendo solitario, dentro de una hermosa cajita envuelta con papel de receta para que ella misma la creyera una medicina. No olvidaría aquel día, lo reconstruiría constantemente como un rascacielos de Babel, el fatídico día en que, Bárbara Isabel, no bebía morir. La torta deshecha, el anillo, su propia vida muriendo. Es cierto, no habría más dependencia, no volvería a verla el resto de su vida, y sólo Dios supo cuánto dolor le costó, y le costaría. Maldita culpa en obra negra perpetua, la historia de dos absurdamente demolida.

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